La moda de los Alimentos funcionales

Leches enriquecidas con calcio, lácteos modificados para contener ácidos grasos Omega 3, toda clase de productos integrales, pobres en azúcar o bajos en sal, bebidas isotónicas o energéticas, margarinas con ácido oleico, bebidas con Lactobacillus…

La moda de los alimentos funcionales ha convertido los estantes de los supermercados en una especie de farmacias, desde la veterana sal yodada hasta los huevos DHA puestos por gallinas alimentadas con algas para contener menos colesterol.

Todos estos productos son, invariablemente, más caros que sus parientes pobres, pero ¿cumplen lo que prometen? No, según la Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria (EFSA).

La EFSA es el organismo responsable de que los ciudadanos de la Unión Europea podamos confiar en los alimentos que nos llevamos a la boca. En el año 2006 recibió el encargo de explorar la base científica de más de 4.000 afirmaciones referentes a esta clase de supuestos beneficios para la salud. A finales del pasado febrero, la EFSA publicó una primera hornada de resultados, con el análisis de algo más de 400 productos.

Los informes han sido demoledores: más del 80% de tales aseveraciones carecen de todo fundamento científico. El veredicto de la EFSA afecta a productos de conocidas multinacionales.

Las publicaciones de la EFSA han levantado un interesante debate en torno a la naturaleza y los límites de la investigación alimentaria. De un lado, científicos como el nutricionista Martijn Katan, de la Universidad Libre de Amsterdam, se muestran encantados con el aldabonazo del organismo europeo. A su modo de ver, ciencia no hay más que una y, si una empresa alimentaria se propone invocarla como argumento de venta para acrecentar sus beneficios, ha de estar dispuesta llevar a cabo investigaciones de la misma calidad (y coste) que las multinacionales farmacéuticas.

De la misma opinión es Albert Flynn, profesor del Colegio Universitario de Cork, en Irlanda, y presidente del panel de 21 sabios (dos de ellos españoles) que han redactado los controvertidos análisis. Según el doctor Flynn, la evidencia científica aportada por las empresas alimentarias en favor de sus productos era extremadamente pobre, basada sobre todo en ensayos animales y en pequeñas colecciones de datos con humanos. Brillaban por su ausencia los ensayos clínicos, el instrumento científico ineludible que ha de emplearse para demostrar que un medicamento es tan eficaz como pretende y, por lo tanto, merecedor de autorización para ser comercializado.

Pero no todos son de la misma opinión. Glenn Gibson es un conocido microbiólogo alimentario de la Universidad de Reading (Inglaterra) dedicado al estudio de los probióticos, esas bacterias saludables que muchos derivados lácteos añaden a su composición bajo un supuesto efecto estimulante de las defensas.

Gibson ha criticado públicamente los resultados de la EFSA, señalando que muchos de los componentes incorporados a los alimentos carecen de la misma protección de patente que las medicinas. Por esa y otras razones, la industria alimentaria no puede permitirse las mismas costosas investigaciones que la farmacéutica.

Según sus críticos, los niveles de evidencia exigidos por la EFSA son tan inalcanzables que acabarán arrasando con la investigación alimentaria en Europa. Ioannis Misopoulos, Director General de la Asociación Internacional de Probióticos (IPA), hizo pública su indignación a principios de marzo, manifestando que la industria “está ya harta” de los métodos de la EFSA, con una regulación que ya está destruyendo puestos de trabajo, acusando veladamente de incompetencia a los expertos y sugiriendo la posibilidad de acciones legales.

En un tono más moderado, YLFA, la Asociación Internacional de Productores de Yogures y Leches Fermentadas emitió un documento el 4 del marzo solicitando moderación por parte de la EFSA y subrayando la abundancia de incongruencias entre los informes del organismo paneuropeo y otros publicados por varios países a título individual.

Sin embargo, la EFSA no es más que un organismo asesor. Su trabajo termina con la publicación de sus informes y carece de toda capacidad para, por ejemplo, prohibir que las informaciones sobre los efectos saludables de los alimentos funcionales desaparezcan de las etiquetas o de los anuncios de televisión.

La papeleta de regular todo este asunto queda en manos del Parlamento Europeo y de la Comisión Europea. Por un lado, podrían ignorar los informes que ellos mismos encargaron; por otro, enfurecer a la poderosa industria agroalimentaria europea prohibiendo esta clase de publicidad, salvo para los escasos productos que superan el listón de la EFSA.

Quizá la solución más salomónica consistiría, a semejanza de lo que sucede en Estados Unidos, en exigir que el etiquetado y la publicidad fuesen más específicos respecto a la evidencia científica concreta que avala sus afirmaciones.

Fuente: elmundo.es

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Claudia Tallone

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