Cómo perder peso en el trabajo

Durante décadas, la oficina ha sido considerada como el enemigo sedentario de la buena forma física, un lugar en que uno se sienta durante ocho horas y acumula peso poco a poco.

Un experto considera que puede serlo. De hecho, en apenas seis meses, el Dr. James A. Levine y sus colegas de la Clínica Mayo ayudaron a 18 trabajadores de oficina de Minneapolis a perder un total de 156 libras (71 kilos) solamente rediseñando la oficina y el día de trabajo.

“Con un poco de creatividad, el día laboral puede llenarse de movimiento. Al hacerlo, al mismo tiempo que ajustamos la manera en que pensamos sobre la comida, el peso comenzará a desaparecer”, aseguró Levine, profesor de medicina del departamento de endocrinología de la Mayo en Rochester, Minnesota.

“Los pacientes han probado todo para perder peso y ser saludables, pero nada funciona”, lamentó Levine. “Muchos se desaniman y pierden la esperanza. Pero no es una situación en absoluto irremediable”.

El método de “oficina sana” de Levine se basa en lo que los expertos llaman “termogénesis por actividad que no constituye ejercicio” (NEAT, por su sigla en inglés).

La NEAT sucede de forma natural, a medida que los humanos queman energía con movimientos cotidianos como ponerse de pie, intranquilidad, darse la vuelta, inclinarse y caminar.

Según Levine, NEAT es diferente de las demás formas primarias de procesos de gasto energético, entre ellas el ejercicio activo, el metabolismo en descanso o la digestión.

Para la mayoría de los estadounidenses sedentarios, la cantidad de energía consumida en el ejercicio activo es en realidad “insignificante”, frente a la que se pierde por medio de NEAT, aseguró Levine. De hecho, NEAT da cuenta de entre quince por ciento (entre las personas muy sedentarias) y 50 por ciento (entre las muy activas) del gasto energético diario. E incluso cambios menores en el estilo de vida pueden aumentar el NEAT diario en alrededor de veinte por ciento, señaló.

El núcleo de la idea de Levine fue ese, hacer de la oficina un lugar que induzca más a la NEAT.

Para probarlo, Levine y sus colegas lanzaron en 2007 un experimento de seis meses dirigido a 18 empleados de oficina de un pequeño negocio de personal financiero en Minneapolis.

Primero, el equipo de investigación “rediseñó” las oficinas de la firma. Se reemplazaron las sillas y los escritorios típicos por escritorios que venían unidos a cintas caminadoras, y alrededor de la circunferencia de la oficina se instaló un sendero para caminar, para facilitar “reuniones caminando”.

Levine enfatizó que no se trataba de ejercicio. “En el trabajo, no se corre, se camina. Y lo que intentamos hacer es de hecho lograr que la gente camine en la oficina mientras trabaja, a un ritmo de 1.1 millas (casi dos kilómetros) por hora”, apuntó Levine. Ese ritmo cae dentro de la categoría de NEAT de uso de energía.

Otros cambios fomentaban el movimiento, de manera sutil. Se reemplazaron los teléfonos fijos de la oficina por celulares. Se crearon espacios para juegos como la Wii y el futbolín, y también se suministraron monitores de actividad de alta tecnología a los empleados. Al personal también se le ofreció asesoría sobre nutrición.

El resultado fue que medio año después, los 18 participantes del estudio habían perdido 156 libras (71 kilos), de las cuales 143 libras (65 kilos) eran pura grasa corporal.

En promedio, los empleados perdieron casi nueve libras (cuatro kilos) cada uno, 90 por ciento de eso en grasa, y sus niveles de triglicéridos (grasa en la sangre) se redujeron en una media de 37 por ciento.

Entre los nueve empleados que indicaron específicamente que deseaban perder peso al inicio del estudio, la pérdida promedio de peso fue aún mayor, casi de quince libras y media (siete kilos).

La pérdida de peso no afectó la productividad en el lugar de trabajo. De hecho, tras apenas tres meses en la oficina rediseñada, el personal había aumentado los ingresos corporativos en casi diez por ciento. A la mitad del estudio, la firma registró su ingreso bruto mensual más alto hasta esa fecha.

“Se trató de un estudio pequeño”, reconoció Levine. “Pero cuando la gente que realmente sufre de problemas de peso y salud ve los resultados, es un momento ‘eureka’ muy, pero muy poderoso”. Porque el truco de esto es que no les pedimos que piensen en perder peso. Sencillamente, les pedimos que vivan su día de forma dinámica y positiva”.

El estudio, pendiente de publicación, “muestra que no hay que ser miembro de un gimnasio para lograrlo”, anotó. “De hecho, para la mayoría de la gente, la energía que se gasta en un gimnasio es mucho menos de la que se podría pensar. Cuando se promedia a ir al gimnasio tres veces a la semana, la mayoría de personas apenas queman unas 70 calorías por día”.

“Pero se puede lograr mucho más al llenar el día en la oficina con un nivel estable de movimiento, sin ir a ningún lado”, señaló Levine. “Al hablar por teléfono de pie, tener una reunión mientras se camina (despacio, al mismo paso al que se va de compras, tal vez una milla por hora), y tomar el ascensor hasta el tercer piso y subir las escaleras las otras tres, se queman entre 100 y 150 calorías más por hora. Eso es entre 400 y 500 calorías adicionales al día. Y eso es mucho”.

“Si además se cambia filosóficamente la manera en que se considera la comida, usando la comida como sustento en lugar de consuelo, de forma instantánea se tiene un programa para perder peso que está disponible y es agradable para todo el mundo”, añadió.

Una experta celebró el método de Levine, pero se preguntó qué tan asequible sería para la mayoría de trabajadores.

“Es así, el ejercicio no intencionado, como simplemente estar de pie en lugar de sentado, quema más calorías que si uno se sienta todo el día frente a la computadora. Los pequeños cambios como ese se acumulan, gastan calorías y hacen una diferencia”, aseguró Lona Sandon, dietista registrada y profesora asistente de nutrición clínica del Centro médico Southwestern de la Universidad de Texas en Dallas.

“Pero para que un individuo lleve a cabo este tipo de cambio en la actividad de la oficina, necesitan un entorno que promueva el hábito vigorosamente”, agregó. “Un empleado individual no puede hacer que suceda solo. Entonces, a menos que una organización decida que el esfuerzo de remodelar vale la pena, probablemente no suceda”.

Sin embargo, otro experto dijo que ha experimentado los beneficios de la “oficina saludablemente” en carne propia.

“Es probable que yo mismo haya empleado ese método durante unos veinte años”, apuntó Cedric X. Bryant, director científico del American Council on Exercise, una organización sin fines de lucro con sede en San Diego. “La gente pensaba que estaba loco, pero siempre edito libros, artículos y manuales mientras hago ejercicio en una caminadora inclinada, una especie de máquina giratoria para subir escaleras, que traje a la oficina. Coloco el material en un apoyo mientras me muevo a una intensidad muy baja”.

“Siempre sé cuando el proyecto en que trabajo es muy difícil”, bromeó Bryant, “porque pierdo mucho más peso”.

“Y también me ayuda a tener una mayor concentración y claridad mental”, añadió, “lo que hace que mi proceso de edición sea mucho más fácil y productivo. Diría que probablemente sea entre treinta y cuarenta por ciento más productivo mientras hago ejercicio que mientras estoy sentado en mi escritorio”.

“Tenemos que lograr que la gente no piense que la única manera de ponerse en forma es a través de una experiencia estructurada a una determinada intensidad, en el gimnasio”, comentó Bryant. “Tenemos que pensar que un estilo de vida activo abarca todo el día, no solo las sesiones de ejercicio. Y si sencillamente se mueve mientras trabaja, tendrá todo el beneficio que desea”.

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Claudia Tallone

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